La fuerza que acompaña a una buena historia

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La fuerza que acompaña a una buena historia

En 1977, la primera cadena de TVE (por entonces había dos) comenzó a emitir toda su programación en color. Solo algunos anuncios conservaron el añejo blanco y negro. Fue el año en queJimmy Carter tomó posesión como presidente en Estados Unidos y un momento trágico y a la vez decisivo para la transición española: tras el asesinato en enero de cinco abogados laboralistas en un despacho de la calle de Atocha de Madrid, fue legalizado el Partido Comunista en plena Semana Santa. Los vuelos supersónicos del Concorde surcaban el Atlántico, un viaje cercano a la ciencia-ficción. Los periódicos sólo se editaban en papel; los teléfonos eran fijos, estaban casi siempre en las cocinas de las casas y tenían extrañas formas y colores. Las series de televisión se titulaban La casa de la pradera o Mazinger Z. El año 1977 parece que tuvo lugar hace mucho tiempo en una galaxia muy lejana, pero hay algo que no ha cambiado en estas cuatro décadas, una fantasía espacial de robots, princesas y héroes reluctantes que parecen salidos de un western.

El primer filme de la saga de La guerra de las galaxias se estrenó en España el 25 de mayo de aquel año y se convirtió en un acontecimiento descomunal. Cuatro décadas después, el estreno deStar Wars: el despertar de la Fuerza, la séptima película de la serie, sigue siendo un fenómeno planetario, incluso en unos tiempos en los que el cine ha perdido un enorme protagonismo frente a las numerosas pantallas que inundan y ordenan nuestra vida. Las entradas para el estreno del 18 de diciembre se han puesto a la venta con meses de antelación, cada nuevo tráiler es un acontecimiento, cuyos detalles más insignificantes son estudiados con lupa. Da igual que el orden de la saga sea tremendamente enrevesado –la nueva película transcurre antes de las tres segundas, pero después de las tres primeras– y que en la segunda trilogía –que en realidad es la primera– los efectos especiales devorasen a los personajes: La guerra de las galaxias tiene una fuerza, nunca mejor dicho, que muy pocas películas han alcanzado.

Cuando George Lucas presentó el proyecto original a la 20th Century Fox no había cumplido los 30 años, pero tenía en su currículum una gran película: American Graffiti. Alan Ladd Jr., que entonces presidía el estudio, decidió darle una oportunidad, aunque la confianza en el proyecto era tan débil que los actores principales fueron contratados a porcentaje de taquilla: nadie creía que aquel cuento para adultos fuese a dar beneficios. Los veteranos, como Alec Guinness, no pararon de protestar durante el rodaje porque frases como “que la fuerza te acompañe” les parecían ridículas. Sin embargo, el filme no sólo rompió la taquilla, sino que cambió la historia del medio. Junto a otros realizadores, como Steven Spielberg, Lucas rompió la barrera entre el cine para niños y para adultos, transformó las reglas de Hollywood, que empezó una nueva edad de oro en aquellos años. El encanto de las letras amarillas que se pierden en el horizonte con la música de John Williams sigue intacto, quizá porque Lucas fue capaz de combinar la memoria de historias tan viejas como la humanidad –héroes inesperados, princesas valientes, rebeldes idealistas que luchan contra fuerzas malévolas– con elementos que miran hacia el futuro –robots parlanchines, naves espaciales, viajes a la velocidad de la luz–. Ni el pasado ni el futuro son ahora los mismos que en 1977, pero la saga de La guerra de las galaxias sigue ahí para recordarnos que no hay nada tan irresistible como una buena historia.

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